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Mucha gente se sorprende al saber que el SIDA pediátrico, la causa principal de la muerte infantil en Harlem hace una década, está llegando a ser poco común. Los esfuerzos de mi carrera a mediados de los años ochenta se enfocaron particularmente en los niños con VIH en la cuidad de Nueva York. A principio de los 1990’s, 30 a 40 bebés infectados por VIH nacían en el Hospital de Harlem anualmente; sin embargo, en los últimos tres años, solamente ha nacido un solo bebé infectado por VIH en este hospital . La mayoría de los pacientes que yo cuidé como bebés ahora son adolescentes. Como es posible? Lo inimaginable se ha convertido en una realidad porque el medicamento para SIDA (1) reduce grandemente la posibilidad de que una mujer embarazada con VIH transmita el virus a su bebé y (2) previene que adolescentes infectados con VIH se enfermen, permitiendo que sobrevivan para llegar a ser adultos y, esperanzadamente, hasta la vejez. Para mí, la ecuación moral cambió cuando me di cuenta que el SIDA pediátrico estaba desapareciendo no solamente en Harlem sino también en todo el país en los Estados Unidos. Con un mundo lleno de VIH/SIDA, me sentí obligado a mirar más allá de nuestras fronteras para buscar como ayudar. ¿Pero donde? Mi amigo, David Pincus (ver próxima página), vio una respuesta. Yo había trabajado muchos años construyendo alianzas entre hospital, universidad, iglesia, filantropía y había trabajado en Washington Heights con empleados que en su mayoría eran dominicanos. Un día almorzando, él me dijo, “el próximo paso lógico para tus esfuerzos es construir un programa en la Republica Dominicana.” No se me había ocurrido esta idea. Pero fue un momento de epifanía. Unos meses después, viajé por primera vez a La Romana, un pueblo en el sureste de la Republica Dominicana. Allí, conocí a la hermana Juana María Alcantúd, una monja española, bajita, animada y carismática, que había dedicado su vida a atender trabajadoras sexuales y ahora atendía más de 200 trabajadoras sexuales infectadas por VIH. “Pudiéramos hablar a solas?,” me pregunto. Yo me sonreí interioramente. Años antes, había empezado a trabajar con siete monjas católicas talentosas irlandesas para crear el Centro Infantil Encarnación , una residencia para niños con SIDA en Nueva York. En el ínterin, aprendí que cuando la madre superiora quiere hablar a solas contigo, o estás en problemas o estás a punto de consentir en hacer algo que realmente no quieres hacer. Juana María procedió a contarme sobre Ingrid, una mujer devota cuyo esposo, un abogado, la dejó con infección por VIH y embarazada antes de morir de SIDA. Ella entonces acudió a las monjas, sabiendo que ellas ofrecían atención medica a personas infectados por el VIH. Las monjas habían conseguido fondos de la orden de los Caballeros de Malta para ayudar con la atención de los pacientes con SIDA. Juana María quería que Ingrid tuviera la mejor atención medica posible, o lo más parecido de lo que pudiera tener en los Estados Unidos, con la esperanza de que el bebé no se infectara. Con desgana, - porque yo sabía que iba a ser caro en un lugar con pocos recursos, pero de acuerdo con los deseos de Juana María – le expliqué el régimen tipo “carroza de oro” para prevenir la transmisión de VIH de madre a bebé, con atención prenatal, zidovudina oral durante dos trimestres del embarazo, zidovudina endovenosa durante la labor de parto, una cesárea electiva, y fórmula láctea, zidovudina y atención cuidadosa para el recién nacido. Después que Ingrid recibió este régimen, su bebé, Esmeralda, nació sin infección por VIH (ver fotos en la primera pagina y arriba). Eso fue el principio, hace más de cinco años. Un alto nivel de atención se había establecido, no por un comité analizando la efectividad relativa a costos, sino por una monja con compasión queriendo lo mejor para una mujer en necesidad. Hoy, casi 100 mujeres embarazadas infectadas con VIH han recibido la misma alta calidad de atención, y actualmente apoyamos la atención para más de 200 hombres, mujeres y niños infectados con VIH. Estamos a punto de empezar el Centro Familiar Micaeliano, uno de los primeros programas para familias afectadas por el SIDA en la Republica Dominicana., que seguirá el modelo del programa Centro de Atención Familiar del Hospital Harlem, fundado y dirigido por mi colega y amiga, la Doctora Elaine Abrams. Nosotros estamos realizando un papel central en el entrenamiento de los equipos de SIDA pediátrico en toda la República Dominicana ahora que los tratamientos de SIDA se están introduciendo en el país en mayor escala. No es solamente para prevenir transmisión de VIH de madre-a-bebé, sino también para que tengan tratamiento por vida hombres, mujeres, y niños con VIH/SIDA. Y hemos creado una variedad de rotaciones de instrucción para estudiantes y profesionales de salud en la República Dominicana, Haití y África para mejorar la atención de la salud no solo internacionalmente – también un círculo completo – aquí en el norte de Maniatan, Ciudad de Nueva York. Estos son tiempos emocionantes, llenos de esperanzas reales, y nosotros invitamos tu participación y apoyo mientras que nuestro programa se desarrolla en un esfuerzo de traer mas esperanza la las áreas del mundo pobres en recursos. |
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El Dr. Stephen Nicholas con Ingrid y Esmerelda,, ahora de 4 años de edad, en Complejo Micaeliano en La Romana, Republica Dominicana, en 2004. |
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Para mí, la ecuación moral cambió cuando yo me di cuenta de que el SIDA pediátrico estaba desapareciendo no solamente en Harlem sino también en los todos los Estados Unidos. |
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DEL DIRECTOR Una monja, un médico y un mundo carente El Programa Internacional Familiar de SIDA es una extensión del trabajo que empezó en Harlem hace 20 años.
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